Enólogo del Cevdelsur destaca por sus vinos campesinos de Itata y Bío Bío

Roberto Henríquez suma reconocimientos y elogios por sus mostos, procedentes de uvas ancestrales de los Valles Viníferos de Itata y Bío Bío.

Viernes, 26 Enero, 2018

Importantes logros y reconocimientos suma el enólogo del Centro de Extensión Vitivinícola del Sur, Roberto Henríquez. Agrónomo de la Universidad de Concepción, además de su constante labor de apoyo a los productores del centro, el profesional emprendió el desafío de producir sus propios vinos, siempre bajo la premisa de dar valor a aquellas cepas con más de 300 años de antigüedad, de amplia presencia en valles como Itata y Bío Bío. El resultado, múltiples reconocimientos desde el mundo del vino, como el premio al mejor vino País en la prestigiosa Guía Descorchados 2018, con su mosto “Santa Cruz de Coya” producido en un viñedo de tres hectáreas en Nacimiento, en medio de la Cordillera de Nahuelbuta, o su reciente “Premio a la innovación del vino chileno” como enólogo joven, entregado por el diario El Mercurio. Es además el único chileno citado entre los “25 vinos imperdibles del 2017” de la publicación especializada “Punch” en Estados Unidos y cinco de sus mostos, tres producidos en el Valle del Bío Bío y dos en Itata, fueron destacados con puntuaciones sobresalientes por el connotado crítico de vinos británico, Tim Atkin.
Dentro de su catálogo de vinos, además del premiado “Santa Cruz de Coya”, se cuentan “País Verde”, junto a un tinto, “Ribera del Notro” y un pipeño, todos del Valle del Bío Bío, en la comuna de Nacimiento.
En el Valle del Itata, Henríquez también suma dos vinos, “Ribera del Notro Blanco” y “Molino del Ciego”, producidos con cepas Moscatel de Alejandría, Corinto y Semillón, en viñedos ubicados entre Coelemu y el sector de Rafael.
Material genético antiguo
Para Henríquez, la clave tras el éxito de sus mostos, radica en la nobleza de la materia prima: “Trabajo solo con material genético antiguo, solo con País, Moscatel, Corinto y Semillón, material que ingresó acá hace 400 años, son parras que no tienen porta injertos y representan las variedades clásicas de la zona, en especial de los valles de Itata y Bío Bío”.
Importante además es el conocimiento de la zona adquirido durante su crecimiento profesional.
“En realidad siempre quise trabajar con viñedos de las cepas y tuve mucha experiencia vinificando con viñateros chicos de la zona de Nacimiento y Santa Juana y me di cuenta que dentro de las gran variedad que existe en el valle, que es súper rica, existe un material genético potente, tu puedes decir estoy trabajando con País antiguo de 400 años que quizá solo quede algo en las Islas Canarias, pero ya no tanto, y aquí son cepas que están masificadas, lo mismo el Moscatel, el Corinto y el Semillón, entonces yo más que nada me agarro de eso, para mí es un privilegio poder trabajar con un reservorio genético antiguo que está instalado en la zona y que es longevo, no es como ir a un vivero y comprar una planta que ya viene genéticamente adaptada, que trae porta injertos para adaptarse a ciertos suelos, ahí ya hay ingeniería y está bien, es una opción, pero tratar de agarrar lo que ya está, respetándolo sin querer modificarlo, tiene harto valor para mí y para el consumidor con el que trabajo, que es de afuera, es impagable tomarse un vino con cepas de más de 150 años de una zona campesina de Chile, es como si a un fanático del café le ofrecen un cafetal antiguo de un sector campestre de Colombia, producido de manera espontánea ”.
Proceso natural
Henríquez fomenta en sus vinos la tradición campesina de intervenir lo menos posible el proceso de vinificación, lo que le ha permitido destacar en sus productos taninos característicos de valles desde Maule e Itata al sur, donde predominan aún prácticas de escasa intervención.
“Acá en esta zona hay todavía prácticas poco intervenidas, donde los productores trabajan de la forma más pura posible, hay zonas también donde se han estandarizados ciertas prácticas que son buenas, que generan ciertos estilo, pero también está el estilo vitícola tradicional del campo chileno, de fermentación espontánea con levadura nativa, un vino sin filtrar, sin estabilizar, yo respeto mucho eso en los vinos que hago y eso va haciendo que vayas metiendo a la botella una uva súper poco intervenida, los tiempos de cosecha o los momentos de la bodega, las temperaturas, son las únicas herramientas que se utilizan para intervenir a los vinos, la toma de decisiones se basa en el entorno no en cómo se va transformar un vino con ciertos procesos enológicos para obtener tales resultados, eso es más ingenieril, lo mío es un poquito más pasional e intuitivo, pero también respetando mucho lo que la naturaleza da en calidad. Y mis vinos se han presentado expresivos, particulares, lo que sorprende porque es novedoso, nuevo, yo he tenido la oportunidad de probar grandes vinos escondidos en los campos, el tema es que esos vinos se van diluyendo porque los compran para mezclas, lo que quiero dejar claro es que no soy el primero haciendo un trabajo así, hay cientos haciéndolo pero no salen a la luz. Yo lo que he hecho es poner todo ese esfuerzo en una botella y presentarlo en una mesa”
Tales características representan la carta de presentación de los vinos de Henríquez.
“Los vinos de este estilo no se acomplejan ni disminuyen frente a otros, yo los paro de igual a igual, no tengo vergüenza en parar mis vinos con un vino francés o italiano, no son los mejores vinos del mundo los que tenemos, pero tienen una particularidad y una historia, y como decía, un alma genética, una autenticidad, que para mí tiene un gran valor, es como estar trabajando con piezas de museos”.
Respecto al uso de químicos, el enólogo transmite su experiencia como productor de vinos.
“Yo solo aplico un químico, el preservante sulfuroso, pero es un tercio de un vino convencional, en el futuro la idea es ir abandonándolo cien por ciento, pero nada más, el vino es puro jugo de uva fermentado. Con respecto a la viña, a la de País no le aplico nada, se poda, se ara, se cava, se desmaleza, y la planta da lo que da, no hay tratamiento químico y no hay fertilización química, tenemos prohibido aplicar herbicidas, si le vamos a meter algo a la viña, que sea orgánico y que nazca del mismo campo, guano, compostaje, para que el campo se haga autosustentable. Que todos los materiales salgan de ahí”.
Desafíos
En el terreno de su desarrollo profesional, como extensionista en el Centro, Henríquez plantea desafíos importantes en una zona donde existen importantes brechas económicas y tecnológicas. “El Valle del Itata merece encontrar este camino del mínimo impacto, los vinos deben apegarse a la tradición vitivinícola, mientras puedan ser comercializados apegados a esa historia que nos representa hay mejores posibilidades de generar mejores precios y buscar ciertos nichos, complicado es, creo yo, homologarnos tanto a lo que hace la industria porque no tenemos las bases sólidas para operar de manera industrial, de Maule hacia el norte son muy competitivos en términos de volúmenes, tenemos que lograr vinos de calidad, con precios competitivos y también que permitan crecer”.

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